- Deben ser unos diez mil, quizás mas
El soldado no respondió, pero su cara era suficiente respuesta, lo sabia.
- No tenemos ninguna posibilidad- prosiguió el coronel- maldita sea
Giro la vista hacia atrás, dieciocho y eso, contando a Carlos, que estaba herido y al chico, no sabia su nombre, lo habían encontrado apenas tenia doce años y casi ni había hablado.
-Ninguna posibilidad- repitió de nuevo
Volvió a mirar por los prismáticos, era obvio que el ejercito que tenían delante iba a pasar la noche allí, los tanques se estaban alineando, las patrullas registraban los alrededores, y por doquier se levantaban algunas tiendas básicas, un descanso antes de la marcha final, y todavía no habían evacuado, morirían miles de civiles.
- Tenemos que hacer algo- dijo dirigiéndose a sus hombres- mañana seguirán hacia la ciudad- la garganta se le hizo un nudo, incapaz de continuar
Empezaron a debatir donde atacar, no pensaban destruir a todo el ejercito, era del todo imposible, apenas podían hacer poco mas que cabrear les, pero lo cierto, es que no se podían quedar quietos y también era cierto, que hiciesen lo que hiciesen, no serviría de nada.
-Yo se como pararlos- dijo el chico- con esto
El chico saco una bolsa y de ella, una semilla, apenas mayor que un grano de arroz.
-Esto los detendrá- repitió de nuevo el chico- son mágicas, me lo dijo Dido, el me las dio.
El sargento cogió la bolsa, estaba al corriente de las inusuales circunstancias del árbol llamado Dido, de hecho, allí iban los refugiados, ningún vehículo podía acercarse, las armas, no funcionaban, un remanso de paz en medio del torbellino de la guerra, el único que quedaba en el mundo, confiar en esas semillas, era tan descabellado como intentar atacar, al menos, le darían la alegría al chico.
-Gracias a ti, evitaremos que lleguen a la ciudad- dijo mientras le alborotaba el pelo- eres un héroe- el chico, sonrió
-Hay que esparcirlas, cuanto mas terreno abarquen mejor- dijo el chico con una sonrisa
-Lo haremos- afirmo el sargento, tu quedate aquí con Carlos, y no te muevas, tienes que cuidarlo
-Lo haré- dijo alegre el chico- me quedare con el hasta que se cure
Avanzaron deprisa hacia el campamento enemigo, era todo cuanto podían hacer.
-Sargento, ¿no pensara usar esas semillas?
-Por supuesto que no, pero al menos, había que darle una alegría al chico, no hay esperanza, aun así.
El sargento se detuvo un momento, saco su cuchillo, hizo un pequeño agujero en el suelo, y deposito en el una semilla.
-Al menos eso, se lo debemos.
Cuando fue a recoger su cuchillo, noto algo que se movía por la mano.
-¡Que diablos!
Todos se quedaron mirando el cuchillo, la hoja, ya totalmente oxidada, estaba siendo envuelta por una especie de liana oscura, sin hojas, al mismo tiempo, crecía rápidamente un pequeño tallo donde se había plantado la semilla.
-¡Cojan todos unas cuantas semillas!- exclamo el sargento- y bendito sea ese chico
Trabajaron afanosamente, resulto sencillo repartir las semillas sin levantar sospechas, sencillo y rápido, las plantas crecían silenciosas y, por extraño que pareciese, parecían esquivar a los vigilantes, volvieron rápidamente a la colina donde habían dejado a Carlos y al chico.
Solo encontraron al primero, durmiendo y completamente curado, ni rastro del chico.
-Carlos, Carlos ¿que ha pasado? ¿y el chico?- pregunto preocupado el sargento
Carlos abrió los ojos desorientado.
-El chico, me dijo que tenia que irse, que me curaría y se iría, y yo, lo lamento sargento, no pude mantenerme despierto.
-No te preocupes todo esta bien
De repente, al sargento le vino una idea
-Tirar aquí todas las armas- dijo tirando las suyas
-¿sargento?
-Que tiréis las armas- repitió de nuevo
Uno tras otro fueron tirando sus armas en un montón, junto con las del sargento, este tiro una semilla y en pocos segundos, las armas empezaron a oxidarse mientras la planta crecía a través de ellas.
-Bien, vámonos- dijo el sargento- quiero darle las gracias personalmente a un árbol
El sol empezó a levantar mientras se dirigían a la ciudad, el sargento solo estaba seguro de dos cosas, una, acababan de presenciar un milagro y dos, jamas volvería a llevar un arma.
El ejercito, no solo no llego jamas a la ciudad, sino que desapareció sin dejar rastro, solo un incipiente bosque crecia alli donde acampo por ultima vez.


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